SANTIAGO, 18 de junio. Con motivo del Mes del Orgullo, hemos preparado una serie de entrevistas con activistas destacados que, desde distintos territorios y vivencias, contribuyen al avance de los derechos humanos en Chile. Hoy tenemos el honor de conversar con Patricia Ahumada, activista intersex y presidenta de la agrupación Intersexuales Chile. Patricia ha sido una de las voces más visibles y persistentes en la lucha por el reconocimiento y la protección de las personas intersex en nuestro país, y ha jugado un rol clave en el proceso que culminó con la publicación de la Circular N.º 15 del Ministerio de Salud.
Patricia, tu historia y la de Intersexuales Chile se remonta al 2016. ¿Cómo fueron esos primeros pasos, cuando todavía no se hablaba de intersexualidad en Chile?
La agrupación se creó en 2016 como un espacio de encuentro entre personas intersex que buscaban conocerse, compartir experiencias y apoyarse. Pero mi historia personal con la intersexualidad parte un poco después, en 2019, cuando me invitan a sumarme a la organización. Al principio tenía miedo, no sabía si realmente era intersex, y todo era muy nuevo para mí. Apenas teníamos redes sociales; solo un Facebook, que además llegaba a un público muy limitado por edad. Después nos hicimos un Instagram y justo vino el estallido social. Eso nos impulsó a salir a la calle con carteles, a participar en asambleas, a visibilizarnos. Así la agrupación empezó a crecer y a hacerse un poco más conocida, visibilizando que había una letra más en la sigla LGBT+.
Y hoy, años después, han logrado que una autoridad sanitaria emita una política pública específica, como la Circular N.º 15. ¿Qué significó para ti ese paso?
Fue muy importante. Antes de que yo llegara a la agrupación ya existían dos circulares, pero no eran redactadas ni impulsadas desde el activismo intersex. Las habían promovido personas LGBT+, y aunque bien intencionadas, no servían para proteger a las infancias intersex. Con el trabajo que fuimos haciendo, conseguimos que el Ministerio de Salud escuchara nuestras voces y comenzara a redactar esta nueva circular. Cuando se publicó, sentí que por fin se nos estaba escuchando. Pero claro, no es una ley: es solo una circular. Entonces el trabajo ahora es lograr que se difunda, que se implemente y que la gente —sobre todo en hospitales y clínicas— la conozca.
¿Cómo se logró concretamente que la voz de las personas intersex fuera escuchada por el MINSAL?
Todo comenzó con la participación en la Mesa LGBTIAQ+ del Gobierno. Fue la primera vez que una agrupación intersex participaba en espacios de trabajo en La Moneda. Había diferentes mesas temáticas y nosotras tratábamos de estar en todas las que podíamos, insistiendo en que la política pública vigente era dañina, porque consideraba que sí o sí había que operar a los bebés intersex. Así, insistimos, presionamos, y finalmente se armó una mesa de trabajo entre la agrupación, el MINSAL y profesionales de la salud. Incluso se sumaron otras dos agrupaciones. Ese trabajo concluyó con la publicación de la circular en 2023.

¿Y cuál fue el momento más difícil de ese proceso? ¿Y el más esperanzador?
Lo más difícil fue revisar los borradores. Ninguna de nosotras era doctora, pero aun así nos dieron la posibilidad de opinar, de corregir, de proponer. Hicimos consultas internas, preguntamos a personas intersex qué les parecía la propuesta, y fue un trabajo colectivo. Lo más esperanzador fue ver que ese documento hoy existe. Hay algo que antes no había. Pero también es frustrante, porque aún hay muchos lugares donde no saben que existe. Entonces es como una alegría a medias: hay que seguir trabajando para que se conozca, tanto entre profesionales como entre quienes podrían verse afectados por estas prácticas.
¿Qué mensaje te gustaría compartir con madres, padres o tutores que están enfrentando decisiones irreversibles por desinformación médica?
Primero que todo, es crucial que los profesionales de salud informen con claridad. Si un bebé nace con una variación en las características sexuales, eso es lo que hay que decir. No decir que es una “malformación congénita” o “anomalía subgenital”. Mientras no se nombre como lo que es, las familias no podrán ejercer sus derechos ni conocer que existe una circular que protege a sus hijes. Muchas veces se presenta como una enfermedad, y los padres solo quieren lo mejor: que su hije esté bien. Pero eso, en este contexto, los lleva a autorizar intervenciones irreversibles sin información completa. Si en los controles de embarazo hubiera afiches, materiales o formación profesional adecuada, quizás eso cambiaría. Pero en Chile aún no sabemos qué es la intersexualidad. Falta muchísima educación.
Has participado en encuentros en Bolivia y Uruguay. ¿Cómo ves el panorama regional? ¿Qué diferencias o similitudes encuentras?
Uruguay es el único país con una ley que protege directamente a las infancias intersex. En Argentina estaban avanzando en una legislación, pero con el nuevo gobierno todo retrocedió. Bolivia recién está empezando con el activismo intersex, al igual que Perú, donde todavía hay mucho conservadurismo. En Ecuador también hay activismo, pero sin políticas públicas concretas. En Paraguay recién ahora están discutiendo el cambio de nombre para personas trans, así que imaginarse algo para personas intersex es muy difícil. En comparación, Chile ha avanzado más, y esperamos que la circular se mantenga y pueda transformarse en algo aún mejor.

¿Y qué se necesita para construir una red latinoamericana sólida de activismo intersex?
Ya se están dando pasos. En 2020 fue el segundo encuentro latinoamericano y del Caribe de personas intersex, donde compartimos historias y estrategias. Estaba planificado un tercer encuentro este año, pero se suspendió por problemas con el financiamiento. Igual mantenemos redes activas, por ejemplo, con Argentina, con República Dominicana y otras agrupaciones. También compartimos alertas, como lo que pasó hace poco en Brasil, donde se estaban creando correos falsos usando el nombre de una agrupación. Cada país tiene sus particularidades, pero nos mantenemos conectadas.
En Chile no hay cifras claras sobre la población intersex. ¿Qué impacto tiene esa falta de datos?
Tremendo. Se intentó incluir una pregunta en el Censo pasado, pero no prosperó porque no había garantía de que los encuestadores supieran cómo abordarla. También hubo una encuesta del INE que estuvo mal formulada y generó confusión. En Viña del Mar se hizo una pequeña encuesta municipal que arrojó un 1,72%, un dato que coincide con cifras internacionales, pero no se ha replicado. Además, los registros médicos no usan el término “intersex”, así que no es posible saber cuántas personas nacen con una variación. Es muy difícil obtener cifras si desde el nacimiento se oculta esa información bajo diagnósticos como “malformaciones”.
¿Crees que el Estado chileno está en deuda en materia de reparación hacia personas intervenidas sin consentimiento?
Totalmente. Siempre lo he dicho. Mi sueño —utópico quizás— sería que existiera un sistema de reparación, como el PRAIS, que entrega salud gratuita a víctimas de la dictadura. Algo así para personas intersex que fueron intervenidas. Porque hay personas que se enteran tarde, cuando un profesional les dice lo que pasó. Algunos casos que nos han llegado son espantosos, con personas que han sido operadas más de diez veces. Es una herida profunda, difícil de reparar, pero creo que el Estado tiene que hacerse cargo. No basta con políticas públicas, se necesita una reparación concreta.

¿Qué rol debe jugar el sistema educativo en el reconocimiento de la diversidad corporal?
Un rol fundamental. Desde la educación parvularia debería enseñarse que hay diferentes corporalidades. Que, por ejemplo, un niño puede orinar sentado y eso no está mal. Lo mismo en los colegios: visibilizar que no existen solo dos cuerpos posibles. Y en las universidades, sobre todo en las facultades de Medicina, enseñar sobre intersexualidad de forma no patologizante. Hoy, cuando vamos a hacer charlas, muchas veces terminamos hablando de bullying, de respeto, porque es lo básico. Pero necesitamos que la intersexualidad esté en las mallas curriculares, no como un electivo, sino como un contenido transversal.
Y ya para ir cerrando: ¿Qué mensaje le darías a las nuevas generaciones de activistas Intersex?
Que no se sientan obligades a exponerse. Ser activista es duro, es revivir constantemente historias difíciles. Nos llegan muchos casos, pero pocas personas quieren contarlo públicamente, y está bien. Hay muchas maneras de ser parte: compartir información, visibilizar, hablar en tu entorno. No es necesario exponerse para hacer activismo. Lo importante es construir redes de apoyo, aliades que ayuden a difundir nuestras vivencias.
Y en este mes del orgullo, ¿qué mensaje le enviarías al movimiento LGBTIAQ+ y a la sociedad chilena?
Que nos incluyan, que visibilicen la intersexualidad. Que si quieren educar, lo hagan con nosotres o con agrupaciones intersex de otros países, pero siempre con información verídica. La bandera intersex —la amarilla con el círculo morado— es parte de la comunidad, aunque no sea una orientación sexual ni una identidad de género. Es una característica corporal, y merece estar presente y visible.
Ha sido un privilegio conversar con Patricia Ahumada, cuya valentía y compromiso con la causa intersex han sido fundamentales para visibilizar una realidad históricamente silenciada en Chile. Su trabajo al frente de Intersexuales Chile y su participación en el proceso que dio origen a la Circular N.º 15 del Ministerio de Salud marcan un hito en la defensa de los derechos de las personas intersex, abriendo paso a nuevas generaciones de activistas y aliades.
Esta entrevista forma parte de nuestro ciclo especial de conversaciones durante el Mes del Orgullo, que busca relevar la riqueza y diversidad de voces que integran el movimiento por la justicia y la igualdad para las personas LGBTIAQ+ en nuestro país. A través de estos testimonios, celebramos los avances alcanzados y reafirmamos el compromiso de seguir construyendo una sociedad más inclusiva para todes.



